Este formidable descubrimiento se hizo en 1951, pero se ha ocultado por completo desde entonces. Y lo que es todavía peor: sigue ocultándose hoy en día.

 

A finales de octubre de 2014 una noticia sensacional comenzó a correr como la pólvora: unos médicos acababan de poner a punto una técnica de detección ultraprecoz del cáncer gracias a un análisis de sangre. Hubo un revuelo inmediato de voces que clamaban el formidable avance de la medicina, cuyo eco se extendió por todo el mundo. El test ISET (Isolation by size of tumor cells; en español, aislamiento por el tamaño de las células tumorales) fue desarrollado por la compañía Rarecells Diagnostic. En palabras de Patrizia Paterlini-Bréchot, profesora de Biología molecular y celular y fundadora de Rarecells Diagnostic, “lo que se ha demostrado es que es posible realizar un diagnóstico mediante un simple análisis de sangre antes de que el cáncer se haya diagnosticado por imágenes. […] Estudios anteriores realizados en animales fueron los que nos hicieron ver que las células tumorales se encuentran en la sangre años antes de las primeras metástasis.

 

¿DE VERDAD ERA UNA PRIMICIA?

No quiero poner en duda la buena fe de estos investigadores, pero me veo obligado a echar un jarro de agua fría sobre su entusiasmo: la detección precoz del cáncer mediante un análisis de sangre fue descubierta en 1951 por el profesor Ernest Villequez. Fuese realizado antes o después, se trata de un gran descubrimiento que merece ser reconocido como tal, pero el problema es justamente ese: que el trabajo de Villequez nunca obtuvo el reconocimiento que merecía. Es más, permaneció en la sombra durante más de 60 años.

 

¿SU ERROR? APORTAR PRUEBAS

 

Ernest Villequez siguió durante un par de años los cursos de microbiología en el Instituto Pasteur bajo la dirección del profesor Amédée Borrel, quien defendía la tesis del origen infeccioso del cáncer y que dedicó al tema varias obras desde 1901.

 

Villequez se convirtió en un ferviente discípulo de Borrel y se formó en la medicina experimental. Fue entonces cuando descubrió su verdadera vocación: más que médico, sería investigador. Aunque, evidentemente, por aquel entonces aún no sabía que acabaría siendo repudiado por retomar la tesis de su mentor y aportar pruebas del parasitismo latente en sangre. Aquella tesis era inadmisible para los sirvientes” de la medicina ortodoxa, sometidos a la doctrina de Pasteur

(que afirmaba la asepsia del medio interior -ausencia de todo germen microbiano en el organismo-, hoy invalidada). Por lo tanto, Villequez fue declarado hereje e impío, incluso cuando en 1950 se convirtió en profesor en la Escuela de Medicina de Dijon y pasó a encargarse de los cursos de medicina experimental.

 

Hay que recordar que ningún cáncer puede tener una causa única, puesto que resulta de la convergencia de diferentes factores. El propio Ernest Villequez lo dice al describir su técnica de diagnóstico: “la noción biológica fundamental del parasitismo latente en sangre coincide con la tesis sobre la intervención de agentes vivos presentes en los organismos animales. Éstos actúan de modo secundario y necesario cuando se dan factores de receptividad local y general, en particular, trastornos bioquímicos.

 

En efecto, los parásitos de la sangre actúan secundariamente cuando la bioquímica orgánica está desequilibrada, pero no puede decirse que sean en sí el origen del cáncer. No obstante, Ernest Villequez destacó especialmente por dos cosas. En primer lugar, con ayuda de fotografías demostró que la sangre no es un medio aséptico y que vehicula todo tipo de microorganismos foráneos parásitos. En segundo lugar, a partir de esa constatación, puso a punto una técnica de diagnóstico hiperprecoz del cáncer, algo que la medicina convencional de la época consideraba imposible. La “lógica” de su razonamiento era aplastante: puesto que se sabía de sobraque el parasitismo en sangre no existía, la solución Villequez era por fuerza inútil, y había cosas mejores que hacer que andar perdiendo el tiempo verificando sus pruebas. “¡Los especialistas del cáncer somos nosotros! ¡Circulen!

 

UN MÉTODO DEMASIADO SIMPLE...

 

Villequez puso a punto un método de diagnóstico sumamente precoz. Pero tenía un defecto: era demasiado simple y, por lo tanto, poco costoso. Juzgue usted mismo, según la descripción del propio inventor: “se realiza una pequeña extracción de sangre y se toma su suero, es decir, la parte líquida que queda por encima de la sangre coagulada. En proporciones determinadas, se pone dicho suero en contacto con una sustancia llamada antígeno, que desempeña un papel capital en la reacción. Si usted no tiene cáncer, el contacto del suero con el antígeno provoca una aglutinación muy fácil de constatar a simple vista. Si por el contrario sí lo tiene, su suero contendrá el anticuerpo de esta terrible enfermedad y en su probeta la aglutinación no se producirá, o será sólo parcial. Eso es lo que se llama inhibición de la reacción, que es la prueba de la existencia de un cáncer. Este método de diagnóstico lo aplico clínicamente con éxito en un 95% de los casos. Puede servir para diagnósticos sumamente precoces de los cánceres más ocultos, pero también para seguir con facilidad el agravamiento de un cáncer, su mejoría o su curación al poder repetirse con facilidad el examen serológico en cualquier momento”.

 

¿Se da usted cuenta? De ser usada, la novedosa fórmula de Villequez no tardaría en enviar al paro a muchos de los empleados del “negocio del cáncer”, empezando por los ingenieros y constructores de las máquinas propias de esa industria de vanguardia. Un investigador que pretende sustituir la prestigiosa tecnología por un vulgar análisis de sangre... ¡a las mazmorras con él! Tampoco el propio Villequez tardó en comprender que la industria sanitaria no quería ni oír hablar de ese diagnóstico al alcance de cualquier técnico de laboratorio.

 

...Y DEMASIADO BUENO

 

Villequez despertaba animadversión porque, más allá del diagnóstico gracias a sus cultivos de bacterias serológicas, encontró el medio de luchar contra el sufrimiento de los enfermos. En sus propias palabras: ¿Qué hacemos para atenuar los dolores de los enfermos de cáncer? Les inyectamos morfina o les damos calmantes que ni siquiera actúan llegados a determinado punto, por mucho que aumentemos las dosis. Yo he podido hacer algo más. Siempre partiendo de estos cultivos bacterianos que ‘no existen’, he producido una vacuna inyectable que posee una extraordinaria acción sedante constante, y con un efecto antiinflamatorio en los tumores o el foco cancerígeno sorprendente”.

 

Ernest Villequez empleó esta vacuna con éxito durante 25 años en centenares de enfermos. Es evidente que no podía atacar a las células cancerosas, pero estimulaba las defensas naturales del organismo contra las bacterias cómplices” del cáncer, probablemente las principales responsables de los dolores tanto por su acción directa como por las toxinas que emiten. Pero además tenía un enorme efecto psíquico sobre el enfermo.

 

Imagino que a estas alturas usted estará preguntándose cómo un reconocido facultativo, profesor de medicina experimental y al que nadie podía acusar de ejercicio ilegal de la medicina, no consiguió que sus colegas aceptasen una técnica de diagnóstico de una fiabilidad tan fácil de demostrar, ni un tratamiento contra el dolor de éxito probado. Sé que resulta difícil de creer. Pero eso fue lo que ocurrió.

 

UN ALIADO PARA VILLEQUEZ

 

En 1950 Villequez conoció a otro investigador independiente, el médico alemán Von Brehmer. Éste había conseguido aislar un bacilo específico en la sangre de los enfermos de cáncer, a raíz de lo que también había deducido la explicación de un parasitismo en sangre que podía acarrear la aparición de tumores cancerosos en determinadas condiciones de receptividad.

 

A la vista de los resultados coincidentes en sus trabajos, ambos científicos se sintieron mutuamente respaldados y decidieron emprender un camino común para dar a conocer y lograr la aprobación de sus descubrimientos, obtenidos de forma independiente. Desgraciadamente, Von Brehmer falleció antes de que el proyecto se pusiese en marcha. Villequez se encontraba entonces solo pero fortalecido, y decidió emprender las gestiones oportunas. De forma muy hábil, evitó ponerse a sí mismo por delante; se dio cuenta de que hablar de los trabajos de Von Brehmer podía resultar muy útil para tantear el terreno. Pero fracasó.

 

¡GUERRA ABIERTA A LOS MÉDICOS QUE VAN POR LIBRE!

 

A pesar de todo, Villequez no se desanimó. En el V Congreso Internacional de Hematología celebrado en septiembre de 1954 presentó una ponencia sobre las formas observables en la sangre debidas a la presencia de elementos evolutivos de naturaleza bacteriana. Sin embargo, encontró la indiferencia más absoluta. Pero nuestro protagonista también contaba con amigos y seguidores, entre los que se hallaba el profesor Maurice Bizot, biólogo especialista en microfotografía. Con su ayuda, Villequez pudo realizar una serie de fotografías de muestras procedentes de sangre de enfermos de cáncer en las que aparecían formas microbianas abundantes y variadas. Creyendo que tenía las pruebas decisivas de su tesis, publicó un libro ilustrado con aquellas imágenes, pero la prensa siguió sin hacerle caso.

 

Sólo unos meses más tarde, Villequez presentaba una película sobre su descubrimiento. En la sala de la proyección se dieron cita 1.500 personas y, de ellas, más de un millar eran médicos que trabajan en centros de investigación y tratamiento contra el cáncer. Pero entonces Villequez no encontró indiferencia, sino una hostilidad manifiesta.

 

EL PROCESO QUE HABRÍA PODIDO CAMBIARLO TODO

 

En 1965 se le presentó otra excelente oportunidad de demostrar y conseguir la aprobación general de su teoría. Vino de la mano del biólogo Gaston Naessens, creador de un medicamento eficaz contra la leucemia preparado con suero de caballo inmunizado con una inyección de productos bacterianos procedentes de cultivos de sangre de los enfermos de cáncer. Aquello suponía una confirmación concreta y espectacular de la tesis de Villequez.

 

Pero Naessens, que no era médico, fue demandado por ejercicio ilegal de la medicina y la farmacia. Para demostrar que no había entrado a la ligera en aquella vía de investigación, el biólogo dio como referencias de sus trabajos los de Von Brehmer y Villequez. Fue entonces cuando el juez Roussel convocó a Villequez y requirió su testimonio como científico para confirmar la seriedad de su trabajo. “Veía que se entreabría una puerta, contó Villequez, e intenté meter el pie. Iba a poder exponer por fin en público, en una sede judicial, las revelaciones que los medios de comunicación especializados me impedían hacer....

 

Ernest Villequez declaró como testigo y explicó brevemente el fenómeno bacteriano en el que se había apoyado Naessens. Y aunque el tema ocupó unos días la atención mediática, Villequez no logró que beneficiase a sus propias investigaciones. El estamento médico seguía haciendo oídos sordos, pero nuestro profesor tampoco se rindió y siguió trabajando.

 

En noviembre de 1970 escribió de nuevo a todos los centros oncológicos, adjuntando a su carta un informe titulado “Diagnóstico serológico del cáncer (en el hombre)”. Ni un solo centro se dignó a acusar recibo del envío. Ese mismo año, Villequez publicó un nuevo libro, El cáncer humano, estudio prohibido. En él no se contentó con hacer un balance de sus trabajos y sus resultados, sino que pasó a denunciar la asfixia de los investigadores independientes y sus descubrimientos por parte de la casta médica. Naturalmente, los cronistas de la prensa mayoritaria ignoraron el libro o lo atacaron despiadadamente.

 

SI ES AMERICANO, ES PERFECTO

 

En 1971, sin embargo, unos investigadores estadounidenses redescubrieron el parasitismo latente en sangre y la noticia fue recibida con entusiastas elogios. Parece que si un descubrimiento es norteamericano, se puede aplaudir sin recato. Y eso que este nuevo descubrimiento era una confirmación clamorosa de la tesis de Villequez, la misma que 17 años antes había sido condenada al olvido por esos mismos medios de comunicación.

 

Villequez realizó entonces un nuevo intento de dar a conocer su trabajo, pero incluso para insertar publicidad de su libro en diferentes medios de comunicación tuvo numerosos problemas.

 

UNA ÚLTIMA OPORTUNIDAD

 

No obstante, este investigador tuvo todavía una última oportunidad para su cometido; una historia rocambolesca que me veo obligado a contarle en detalle.

 

Villequez recibió la visita de dos médicos belgas que dirigía en Bruselas un laboratorio de renombre internacional. Estaban convencidos del valor de su test sanguíneo, que habían conocido por medio de un estafador de Ginebra que se lo había vendido diciendo ser su inventor. Los dos médicos belgas habían depositado 500.000 francos suizos en el banco para reservarse la exclusividad de la prueba, pero pronto descubrieron que el vendedor no conocía bien la forma de utilización del test y por ello no obtenían el 95% de éxito anunciado. Sospechando el engaño comenzaron a una investigación que les llevó hasta Villequez, y el 8 de junio de 1978 el laboratorio belga anunció por fin que acababa de asegurarse la exclusividad mundial de la comercialización del test de Villequez, cuya validez se demostró indiscutiblemente en numerosos países.

 

Seguro que piensa que la ciencia médica oficial terminó por rendirse a la evidencia en ese momento, pero lo cierto es que, por sorprendente que parezca, el test de Villequez cayó en el olvido y en el desuso en la mayoría de los países.

Incluso muchos de los que ahora leen sobre él creen que se trata de una nueva invención. Ernest Villequez es otro de los muchos grandes científicos que han caído injustamente en el olvido.

 

Pierre Lance (escritor, periodista y filósofo francés)

 

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